martes 3 de enero de 2012

LA CORRUPCION SINDICAL



Nada ni nadie parece estar lejano a los ámbitos de corrupción institucionalizada que, tanto en lo público como en lo privado, se ha adueñado del sentir y del actuar de todos los que de alguna forma intervienen en la economía española.
De la llamada casa real al último y más insignificante contratista que del dinero público y de los políticos corrompidos se alimenta, todos han inundado con su hedor las conciencias de la inmensa mayoría de los ciudadanos. De aquellos ciudadanos que, aun conocedores de la putrefacción del sistema, siguen respaldando con su voto a aquellos que comparten la misma dotación cromosomática en política, en economía y en intereses de grupo. Pero no son los únicos a los que el sistema ha decidido legitimar para que nada dentro de él pueda cambiar.
Este sistema de organización y funcionamiento político, social y económico, el que poco a poco ha acabado abdicando de defender los intereses de los más, poniéndose al exclusivo servicio de los menos pero que, casualmente, son los que más tienen, considera legitimada a la clase política española cuando 12,4 millones de ciudadanos con derecho al voto la han rechazado por activa,-votos nulos y en blanco-, y por pasiva, -abstenciones-. Dicho de otra forma, más de un tercio de los 35,8 millones de ciudadanos con derecho al voto han dicho no al sistema político y de representación español.

Aun así, y como todo es susceptible de empeorar, hay corruptos institucionalizados que sin siquiera tener parecido respaldo ciudadano, puesto que no pasan por el filtro de elecciones algunas, están considerados por el sistema como representantes legítimos de los trabajadores españoles. Los sindicatos.
Si a esa sustancial diferencia que respecto a su legitimidad de origen mantienen con la clase política española, se suma al debe de los sindicatos la entronización e inamovilidad de sus cúpulas dirigentes, tendremos el coctel perfecto para que haya tomado carta de naturaleza lo que fue el ya lejano comienzo de su corrupción, el egocentrismo sindical, la permuta de su antiguo objetivo fundamental, la defensa de los intereses de los trabajadores, por la defensa de los intereses de los que a sí mismos se tienen por representantes de los trabajadores y la consiguiente connivencia con los que debieran ser sus adversarios.
Desde el mismo momento en que se consagró como oficial su supervivencia basada en los presupuestos generales de todas y cada una de las administraciones públicas y se orilló la importancia conceptual que en la económica de los sindicatos debía basarse en los ingresos por cuotas de los afiliados, desde ese instante de abrió la brecha que ha distanciado a la inmensa mayoría de los trabajadores españoles de unos sindicatos burocratizados, esclerotizados en su acción sindical, extorsionadores de voluntades, repartidores arbitrarios de prebendas y favores o venganzas y represalias, unos sindicatos que han llegado al paroxismo de la corrupción cuando diciendo defender los intereses de los trabajadores han venido sosteniendo con su continuado respaldo unas políticas económicas y laborales que han producido la mayor lacra social de la historia de España, mas de cinco millones de parados.
Hay quien argumenta que todos los gobiernos han tenido su huelga general, lo cual es tan cierto como que esas huelgas nunca llegaron a ser realmente generales, ya que las cúpulas sindicales no querían hacer daño a sus compadres de intereses, solo mostrar una supuesta fortaleza que les sirviera para seguir estrujando el maná público; fueron por lo tanto cortinas de humo que, pagadas con los salarios de los trabajadores, trataban de ocultar la coincidencia en la corrupción con las otras dos castas de corruptos españoles, los políticos y el mal llamado empresariado español.
Hoy, cuando ya ninguna duda cabría albergar respecto al pestilente proceder de los sindicatos, estos, con el añadido de un amenazante recorte en sus subvenciones estatales, se aprestan a perpetrar la enésima traición a los trabajadores firmando una nueva reforma laboral que con la misma genética que las anteriores, menos derechos, menos seguridad y menos salarios, producirá los mismos efectos que las precedentes, mas paro, mas indignación, mas injusticia y más rabia.
Se sienten tan ufanos en sus pesebres sindicales que unos y otros se olvidan del refranero, ese que, entre otros, mantiene que no hay mal que cien años dure, ni cuerpo que lo resista.