martes, 11 de agosto de 2009

LA ANOREXIA ESTATAL

Hasta los que en épocas de vacas gordas reniegan del Estado, -los mismos que a sus ubres acuden cuando llegan las flacas-, saben de su imprescindible permanencia como esqueleto de cualquier país para el funcionamiento mas o menos afinado de la sociedad que tal estado rija.
En el extremo opuesto, los totalitarismos estatales, todos de derechas, se han distinguido por imponer una estructura estatal que agobia, acosa e inunda todos los ámbitos de la sociedad civil haciéndose omnipresente en todos los niveles, desde el ejercicio del mas individual derecho ciudadano al libre pensamiento al proceder colectivo que como el gran hermano de Huxley todo controla.
Entre los estados anoréxicos, que ni los derechos mínimos de salud educación, trabajo y vejez aseguran a sus ciudadanos y los que todo menos la libertad, dicen conceder a los suyos, están aquellos otros que provenientes de culturas sociales de equilibrio y equidad, se están dando, unos más que otros, a un adelgazamiento estatal exactamente equivalente a la obesidad creciente de los intereses de las grandes corporaciones.
Así, cuando tal tendencia llega a países como España, país sin tradición democrática, - lo de la transición era solo ansias de libertad-, se da la paradoja, de que aun contando con una ley fundamental casi calcada de la alemana, nuestros políticos, en vez de desarrollarla y aplicarla respecto a los derechos básicos que en ella se contemplan, se han limitado a desarrollar aquellas áreas de actuación que más interesan a los poderes económicos, los cuales consienten en que los políticos extiendan administrativamente su territorio de dominación, dando cobijo, bajo presupuestos públicos, a cada vez mayor número de ociosos militantes que son alojados en una administración pública cada vez más extensa pero que cada vez presta directamente menos servicios.
Incluso aquellos que partían ideológicamente de posiciones supuestamente más proclives a defender un estado fuerte, se percatan de que para cubrir su principal objetivo personal y colectivo como clase política, vivir tranquilos, lo que han de hacer es tener el menor grado de exposición a la exigencia de responsabilidades que la ley contempla, para lo cual tomaron decidida pero discretamente dos determinaciones.
Una, asegurarse, en reciproco pacto con el sistema judicial, una serie de privilegios exclusivos, para que en caso de que les llegasen mal dadas las cosas, poder evadirse de lo que para el resto de los ciudadanos supondría asumir penalizaciones legales.
Y dos, reducir los espacios de competencia estatal, para que así, el ejercicio de la dirección y gestión de la correspondiente administración sea cada vez mas menguante, tanto cuanto reducidas quedarían sus responsabilidades y con ellas sus posibilidades de acabar mal.
Por todo ello es por lo que, todos los que de la política viven, tienden a reducir la dimensión del estado, privatizando servicios, aunque estos, una vez privatizados, resulten mas caros de mantener y de peor calidad para los que los reciben.
De forma complementaria, si no nuclear, en el mismo platillo de su trucada balanza, en tales privatizaciones, en tales adelgazamientos estatales, podemos encontrar la otra poderosísima razón para que unos y otros así procedan. La asignación, casi siempre arbitraria, de la prestación de esos servicios a quienes desde el sector privado ven como así, por gracia del “gestor” de turno, su enriquecimiento queda por largo tiempo asegurado.
Y todos sabemos que la ley de Hooke establece que a toda fuerza de acción de le opone otra de reacción de igual magnitud y sentido opuesto. O dicho a las claras, que no hay toma sin daca o que nadie da besos de balde. Pero esta es otra en la que ya entraremos, porque como todos sabemos, en esto de la corrupción hay “correa” para todos.
(La foto que ilumina este post es de Eduardo Juan a quien felicito por su buen hacer con la luz).

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